Desde hace muchos años escucho que la gente dice que afuera se está mejor. Que en Europa o en Estados Unidos las cosas son diferentes. Que las oportunidades son mejores. Que allí sí se puede vivir. Que todo lugar que no sea nuestro país, siempre es mejor.
Sé de personas que han tenido que emigrar para poder ejercer su profesión porque en nuestro país no tenían las mismas posibilidades. A algunos les ha ido muy bien. A otros, no tanto. Algunos han formado una familia, se han establecido. Otros, por falta de papeles, de contactos, o simplemente porque no soportaron el desarraigo, han regresado con más pena que gloria.
Sin embargo, ahora que existe facebook, que a través de internet puede leerse la versión digital de los diarios internacionales, una puede informarse de que el paraíso terrenal extranjero no es como lo pintaban. Compartiendo comentarios con españoles me entero que la violencia de género es casi igual que en Argentina, que a las mujeres también las matan, las queman, las torturan. Que en América Latina reclutan mujeres y son llevadas a Europa con la promesa de trabajo y luego les retiran el pasaporte y las obligan a prostituirse. Que llegar a un aeropuerto español puede ser, para un turista argentino, una odisea.
Que en Francia excluyen a los gitanos, que la crisis también les llegó, que ahora aumentaron la edad jubilatoria. Que en Estados Unidos el problema no es ingresar, sino quedarse, porque si lo descubre el Departamento de Migraciones y lo deportan, no puede volver más.
Los sacerdotes practican la pedofilia, la hipocresía y el doble discurso es idéntico al argentino. Vimos la crisis griega, con marchas iguales a las del 2001. Ponderamos al pueblo chileno con el rescate a los mineros y ahora se hablan maravillas de su gobierno, pero para que la mina se derrumbara, para que la empresa no tuviera a sus empleados asegurados, es porque muchas cosas pasaban por algo, como sucede en nuestro país. De hecho que los mineros reclaman mejores condiciones de trabajo y hasta han participado de algunos reclamos organizados por sus compañeros.
Mirar hacia adentro y ver qué hacemos para que nuestro país sea mejor también es tarea nuestra. No sólo de los políticos. Porque éstos, en definitiva, duran en el poder lo que el voto popular les permite. Si bien existen prácticas non sanctas, que se realizan sobre todo en localidades del interior, ampliamente documentadas por algún noticiero porteño, nunca la Justicia operó como para evitar las dudas sobre la legalidad de esas elecciones. Pero insisto, todos y cada uno de nosotros, debemos buscar mejorar y ver qué podemos hacer para que este país, nuestro país, sea un lugar mejor. Que realmente no le envidie nada a ninguno de los lugares llamados "primer mundo".
La mirada de una mujer que expresa su pensamiento y las observaciones que hace a diario sobre diferentes acontecimientos que presenta la realidad. Me pueden encontrar en Twitter como @miradacomun y en Facebook como Una mirada comun, enviando solicitud de amistad, o haciéndose fan de la página.
martes, 26 de octubre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
Mi mamá y la justicia (y la Justicia)
Antes de comenzar a desarrollar el tema que voy a tratar, quiero contar una pequeña anécdota familiar. Tengo un hermano seis años mayor y nuestra madre aplicaba un sistema de premios y castigos para educarnos. En mi caso, si me portaba bien obtendría la muñeca, vestidito o juguete soñado... descontaba que si me portaba mal no tendría nada. En consecuencia, me portaba bien, hacía los deberes y por supuesto, lograba obtener aquéllo que deseaba. Al contrario que mi hermano, quien se mandaba todas las macanas habídas y por haber juntas, pero en definitiva, por alguna razón que jamás comprendí, le llegaban los "premios" por buen comportamiento.
Cualquiera puede pensar que lo mío son "celos fraternales" y nada más lejos. Porque al fin y al cabo le agradezco a mi madre haberme criado peleando por lo que quiero, con una línea de conducta, habiendo conocido los límites entre lo bueno y lo malo. Sin embargo mi hemano no aprendió nada. ¿Por qué? Porque como él obtenía lo que quería igual, no terminó de aprender esa lección fundamental de la vida, esa distinción que existe entre el esfuerzo y no hacer nada para obtener "algo".
Y esta pequeña anécdota familiar es una analogía perfecta de lo que sucede con los jóvenes, y los ya no tanto, y la Justicia, la otra, la que se escribe con mayúsculas y que se encarga de castigar a quienes cometen faltas graves.
Para muestra basta un botón. Hoy leí en el diario que sobreseyeron al delincuente que disparó a Fernándo Cáceres. Como en el momento de cometer el delito era menor, era inimputable. Si bien estuvo durante 180 días en un instituto de menores, al salir continuó delinquiendo, razón por la que ahora está procesado pero por otro delito. La Justicia para el ex jugador de fútbol, bien, gracias.
Mas allá de los pactos firmados a nivel internacional, si cada vez que un joven delinque queda sobreseído por ser menor de edad, el mismo menor queda sin sentimiento ni de culpa ni de que ha cometido un delito y que debe pagar por él. Ya que como menor no puede ser procesado, en mi humilde opinión, las causas no deberían cerrarse. Al contrario, deberían quedar aunque más no sea "en suspenso" hasta el día en que el delincuente cumple sus 18 años. Y ahí, sí, juzgarlo como adulto que es y que cumpla con la condena que le corresponda.
Si nunca un chico va a ser juzgado por los crímenes cometidos, es lógico que su pensamiento sea el de la impunidad, total entra por una puerta y sale por la otra, pudiendo volver a cometer fechorías sin que nadie lo juzgue ni aplique ninguna clase de castigo. No existe en su consciencia concepto de "correcto" e "incorrecto" ya que sus actos, por su edad, son inimputables. Pero, si supieran que en algún momento van a tener que cumplir con la sociedad, tal vez, y sólo tal vez, los "menores" pensarían dos veces las cosas antes de cometer un delito, ya que a partir de la mayoría de edad su prontuario sería juzgado en su totalidad ante la ley de los hombres.
Lo mismo está ocurriendo con los accidentes de tránsito. Hace muchos años hubo un accidente gravísimo en el que un muchacho corría picadas en una avenida con un auto preparado, provocando la muerte de una mujer y su hijita. Al joven le retiraron la cédula de conducir. Igual manejaba. Consiguió un registro en otra jurisdicción. Al igual que la "Hiena" Barrios, que prometio no volver a conducir, y maneja un auto mientras espera el juicio por el accidente que le costó la vida a una joven embarazada. Del mismo modo en que esta semana otra persona al volante.
Evidentemente al no existir un castigo ejemplar, no puede haber una consciencia del delito cometido. Asesinan, total, la condena es excarcelable, total, se apela la sentencia. total, la vida ya no importa nada y los valores morales están caducos. Tal vez mi vieja debería darle algunas lecciones a los jueces! Recordarles que cuando se hacen las cosas mal, cuando se comete un delito, éste no puede quedar impune... Es muy doloroso tener que esperar a que la vida se encargue de castigar al delincuente... La Justicia debería darnos la posibilidad a los que hacemos las cosas bien, de sentir que no se premia injustamente a los ladrones y asesinos con la libertad, con todos los beneficios que deberían ser extraordinarios, y que paguen sus crímenes ante la sociedad. Los jueces deberían hacernos sentir protegidos, ya que los que cumplimos la ley somos los que estamos en sus manos para continuar viviendo. Los jueces deberían hacer cumplir las condenas para que los delincuentes sepan que van a pagar por sus crímenes y vean que no es todo tan fácil, (total, no pasa nada!), que sí pase algo, que piensen en lo que pueden perder con ése camino que eligieron. Que no les resulte tan fácil... Que se haga Justicia!
Cualquiera puede pensar que lo mío son "celos fraternales" y nada más lejos. Porque al fin y al cabo le agradezco a mi madre haberme criado peleando por lo que quiero, con una línea de conducta, habiendo conocido los límites entre lo bueno y lo malo. Sin embargo mi hemano no aprendió nada. ¿Por qué? Porque como él obtenía lo que quería igual, no terminó de aprender esa lección fundamental de la vida, esa distinción que existe entre el esfuerzo y no hacer nada para obtener "algo".
Y esta pequeña anécdota familiar es una analogía perfecta de lo que sucede con los jóvenes, y los ya no tanto, y la Justicia, la otra, la que se escribe con mayúsculas y que se encarga de castigar a quienes cometen faltas graves.
Para muestra basta un botón. Hoy leí en el diario que sobreseyeron al delincuente que disparó a Fernándo Cáceres. Como en el momento de cometer el delito era menor, era inimputable. Si bien estuvo durante 180 días en un instituto de menores, al salir continuó delinquiendo, razón por la que ahora está procesado pero por otro delito. La Justicia para el ex jugador de fútbol, bien, gracias.
Mas allá de los pactos firmados a nivel internacional, si cada vez que un joven delinque queda sobreseído por ser menor de edad, el mismo menor queda sin sentimiento ni de culpa ni de que ha cometido un delito y que debe pagar por él. Ya que como menor no puede ser procesado, en mi humilde opinión, las causas no deberían cerrarse. Al contrario, deberían quedar aunque más no sea "en suspenso" hasta el día en que el delincuente cumple sus 18 años. Y ahí, sí, juzgarlo como adulto que es y que cumpla con la condena que le corresponda.
Si nunca un chico va a ser juzgado por los crímenes cometidos, es lógico que su pensamiento sea el de la impunidad, total entra por una puerta y sale por la otra, pudiendo volver a cometer fechorías sin que nadie lo juzgue ni aplique ninguna clase de castigo. No existe en su consciencia concepto de "correcto" e "incorrecto" ya que sus actos, por su edad, son inimputables. Pero, si supieran que en algún momento van a tener que cumplir con la sociedad, tal vez, y sólo tal vez, los "menores" pensarían dos veces las cosas antes de cometer un delito, ya que a partir de la mayoría de edad su prontuario sería juzgado en su totalidad ante la ley de los hombres.
Lo mismo está ocurriendo con los accidentes de tránsito. Hace muchos años hubo un accidente gravísimo en el que un muchacho corría picadas en una avenida con un auto preparado, provocando la muerte de una mujer y su hijita. Al joven le retiraron la cédula de conducir. Igual manejaba. Consiguió un registro en otra jurisdicción. Al igual que la "Hiena" Barrios, que prometio no volver a conducir, y maneja un auto mientras espera el juicio por el accidente que le costó la vida a una joven embarazada. Del mismo modo en que esta semana otra persona al volante.
Evidentemente al no existir un castigo ejemplar, no puede haber una consciencia del delito cometido. Asesinan, total, la condena es excarcelable, total, se apela la sentencia. total, la vida ya no importa nada y los valores morales están caducos. Tal vez mi vieja debería darle algunas lecciones a los jueces! Recordarles que cuando se hacen las cosas mal, cuando se comete un delito, éste no puede quedar impune... Es muy doloroso tener que esperar a que la vida se encargue de castigar al delincuente... La Justicia debería darnos la posibilidad a los que hacemos las cosas bien, de sentir que no se premia injustamente a los ladrones y asesinos con la libertad, con todos los beneficios que deberían ser extraordinarios, y que paguen sus crímenes ante la sociedad. Los jueces deberían hacernos sentir protegidos, ya que los que cumplimos la ley somos los que estamos en sus manos para continuar viviendo. Los jueces deberían hacer cumplir las condenas para que los delincuentes sepan que van a pagar por sus crímenes y vean que no es todo tan fácil, (total, no pasa nada!), que sí pase algo, que piensen en lo que pueden perder con ése camino que eligieron. Que no les resulte tan fácil... Que se haga Justicia!
viernes, 15 de octubre de 2010
Una pequeña mujer fuerte
Naciste mujer, y sufriste. Fuiste una más de los dieciseis hijos que tuvieron tus padres, allá en el Chaco. A los cinco años te pusieron a trabajar en el campo. Tus pequeñas manitas tenían que ordeñar una vaca a la que le tenías miedo, pero más miedo le tenías a Don Mateo, porque si no llevabas la leche te pegaba. También ayudabas en tu casa a limpiar, a cuidar a tus hermanitos más chicos. Y cuando creciste un poquito, te enviaron al campo a cosechar algodón, al rayo del sol de tu Roque Saenz Peña natal.
Un buen día, a los once, te subieron a un tren con destino a Buenos Aires. Vos y tu hermanita se fueron solitas a la gran capital, sin saber qué les esperaba. Y te separaron de tu familia para que trabajes de empleada doméstica en una casa que no conocías. Eras una nena con responsabilidades de mujer. La vida te protegió, porque conociste gente buena, a tu mamá adoptiva, Lidia, una mujer que te quiso como si fueras su hija. Pero un día, vino tu padre y te llevó a otra casa en donde pagaban más, y te arrancó también de ahi...
Fuiste creciendo, sacrificándote, soportando humillaciones. Y la vida te presentó a un hombre, con el que decidiste formar una familia. Y repetiste la historia de tu madre y de muchas mujeres, a las que les enseñaron que una mujer debe soportar todo, callarse... Eran otros tiempos. Y casi te costó la vida....
Pero, como dice un poema que leí una vez, a veces la vida se enamora de uno y pudiste salir del maltrato y la humillación. Te tuviste que hacer fuerte y encarar la vida sola, con dos hijos. Te pusiste la vida al hombro y te enfrentaste al mundo sola, porque aquél con el que pensaste compartir tus sueños, se olvido de todo y voló hacia otro nido, ignorando incluso a su propia semilla. Entonces te convertiste en padre y madre, luchaste sin tregua para tener tu casa, tu hogar, ese lugar con el que siempre habías soñado...
Hoy, a tus 68 años, la seguis peleando. Con tus enfermedades, con tus problemas, pero de pie, firme, fuerte, como un roble, resistiendo. Y ahora que puedo tenerte, quiero decirte que nunca voy a terminar de agradecerte todo lo que hiciste, todo tus sacrificios. Que desearía poder darte todo, y que a veces siento que jamás voy a poder recompensarte... Por eso te digo que te quiero cada vez que puedo. Por eso te doy un beso cada vez que te tengo cerca. Por eso te abrazo siempre. Porque no sé de qué otra forma devolverte tanto amor!
Gracias, mamá, por haberme enseñado tanto! Gracias por haber sido tan sabia en momentos tan difíciles! Gracias, por haber estado ahí, cuando más te necesité! Gracias porque seguís demostrándome tu fuerza, tu energía y tu entereza! FELIZ DÍA, MAMÁ!!!!
Un buen día, a los once, te subieron a un tren con destino a Buenos Aires. Vos y tu hermanita se fueron solitas a la gran capital, sin saber qué les esperaba. Y te separaron de tu familia para que trabajes de empleada doméstica en una casa que no conocías. Eras una nena con responsabilidades de mujer. La vida te protegió, porque conociste gente buena, a tu mamá adoptiva, Lidia, una mujer que te quiso como si fueras su hija. Pero un día, vino tu padre y te llevó a otra casa en donde pagaban más, y te arrancó también de ahi...
Fuiste creciendo, sacrificándote, soportando humillaciones. Y la vida te presentó a un hombre, con el que decidiste formar una familia. Y repetiste la historia de tu madre y de muchas mujeres, a las que les enseñaron que una mujer debe soportar todo, callarse... Eran otros tiempos. Y casi te costó la vida....
Pero, como dice un poema que leí una vez, a veces la vida se enamora de uno y pudiste salir del maltrato y la humillación. Te tuviste que hacer fuerte y encarar la vida sola, con dos hijos. Te pusiste la vida al hombro y te enfrentaste al mundo sola, porque aquél con el que pensaste compartir tus sueños, se olvido de todo y voló hacia otro nido, ignorando incluso a su propia semilla. Entonces te convertiste en padre y madre, luchaste sin tregua para tener tu casa, tu hogar, ese lugar con el que siempre habías soñado...
Hoy, a tus 68 años, la seguis peleando. Con tus enfermedades, con tus problemas, pero de pie, firme, fuerte, como un roble, resistiendo. Y ahora que puedo tenerte, quiero decirte que nunca voy a terminar de agradecerte todo lo que hiciste, todo tus sacrificios. Que desearía poder darte todo, y que a veces siento que jamás voy a poder recompensarte... Por eso te digo que te quiero cada vez que puedo. Por eso te doy un beso cada vez que te tengo cerca. Por eso te abrazo siempre. Porque no sé de qué otra forma devolverte tanto amor!
Gracias, mamá, por haberme enseñado tanto! Gracias por haber sido tan sabia en momentos tan difíciles! Gracias, por haber estado ahí, cuando más te necesité! Gracias porque seguís demostrándome tu fuerza, tu energía y tu entereza! FELIZ DÍA, MAMÁ!!!!
jueves, 14 de octubre de 2010
Sesenta cartas de perdón y dos mujeres desesperadas
La gran diferencia entre los hombres y las mujeres es cómo nos han enseñado, a lo largo del tiempo, la percepción del amor. A las mujeres no han inculcado la tolerancia, la paciencia, la sumisión. A los hombres, en cambio, no les han enseñado nada al respecto.
Cuando una mujer, luego de separada, recomienza una vida amorosa, normalmente se la prejuzga. A veces hasta dentro de su propio círculo familiar, sin tener en cuenta que muchas veces se aceptó sin demasiadas críticas que el hombre recomenzara su camino... muchas veces antes de estar separado.
Estos días leemos muchas cosas sobre Jhonny Barrios, uno de los treinta y tres hombres atrapados en una mina en Chile, cuya particularidad fue el tener dos mujeres reclamando por él. Y, como siempre, se han creado dos bandos: los hombres que creen que Jhonny es un héroe ( y no por haber estado en la mina, precisamente) y las mujeres que nos sentimos indignadas ante la situación de infidelidad.
Las mujeres estamos saliendo de a poco de esa situación de postergación que nos ha marcado durante siglos. Sin embargo, afectivamente, continuamos esperando el amor perfecto, colmado de sinceridad. La relación afectiva desde el punto de vista femenino está pensada a largo plazo. A formar una familia. A llegar a la vejez juntos. En cambio, desde el punto de vista masculino, la relación es más física que afectiva, está pensada a corto plazo.
¿Cuestión de género, cultural? Jhonny Barrios escribio unas sesenta cartas a su esposa, a la que le prometio fidelidad y respeto hace 28 años, pidiéndole perdón. ¿Puede perdonarse la infidelidad? Más allá de las cuestiones biológicas, los sentimientos traicionados dejan heridas que tardan mucho en cicatrizar. A veces toda una vida.
¿Las mujeres debemos aprender de los hombres a amar de otra manera? ¿O los hombres deben comenzar a caminar un nuevo camino en las relaciones afectivas? Sesenta cartas de perdón no son suficientes cuando el pedido no se hace desde la honestidad, desde lo más profundo del corazón. Dos mujeres desesperadas, cuando se encuentran buscando al mismo hombre, son demasiado dolor puesto en el mismo lugar.
Cuando una mujer, luego de separada, recomienza una vida amorosa, normalmente se la prejuzga. A veces hasta dentro de su propio círculo familiar, sin tener en cuenta que muchas veces se aceptó sin demasiadas críticas que el hombre recomenzara su camino... muchas veces antes de estar separado.
Estos días leemos muchas cosas sobre Jhonny Barrios, uno de los treinta y tres hombres atrapados en una mina en Chile, cuya particularidad fue el tener dos mujeres reclamando por él. Y, como siempre, se han creado dos bandos: los hombres que creen que Jhonny es un héroe ( y no por haber estado en la mina, precisamente) y las mujeres que nos sentimos indignadas ante la situación de infidelidad.
Las mujeres estamos saliendo de a poco de esa situación de postergación que nos ha marcado durante siglos. Sin embargo, afectivamente, continuamos esperando el amor perfecto, colmado de sinceridad. La relación afectiva desde el punto de vista femenino está pensada a largo plazo. A formar una familia. A llegar a la vejez juntos. En cambio, desde el punto de vista masculino, la relación es más física que afectiva, está pensada a corto plazo.
¿Cuestión de género, cultural? Jhonny Barrios escribio unas sesenta cartas a su esposa, a la que le prometio fidelidad y respeto hace 28 años, pidiéndole perdón. ¿Puede perdonarse la infidelidad? Más allá de las cuestiones biológicas, los sentimientos traicionados dejan heridas que tardan mucho en cicatrizar. A veces toda una vida.
¿Las mujeres debemos aprender de los hombres a amar de otra manera? ¿O los hombres deben comenzar a caminar un nuevo camino en las relaciones afectivas? Sesenta cartas de perdón no son suficientes cuando el pedido no se hace desde la honestidad, desde lo más profundo del corazón. Dos mujeres desesperadas, cuando se encuentran buscando al mismo hombre, son demasiado dolor puesto en el mismo lugar.
lunes, 11 de octubre de 2010
Viaje desde el centro de la tierra.
Hace dos meses que nos tienen en vilo. La tierra se les vino encima, y todos los dieron por perdidos. Nadie supo nada de ellos, sus familias rezaban y sólo tenían esperanza. Hasta que un día, una sonda trajo un papel y en ese papel estaba la respuesta a sus ruegos. Los 33 mineros chilenos estaban vivos y, sobre todo, estaban bien.
El mundo respiró aliviado. Este año, Chile tuvo en vilo al planeta. A principios de año todos sufrimos al ver las imágenes de un terremoto terrible. No se derrumbaron sólo casas, también sueños y esperanzas. Los hermanos trasandinos juntaros toda su fuerza y comenzaron la reconstrucción.
Y nuevamente Chile fue noticia. Treinta y tres hombres estaban perdidos. Sin embargo la fe del pueblo chileno obtuvo su recompensa. Los mineros estaban con vida, esperando que alguien los rescatara. Y el rescate llegó. En sólo dos días más, si todo sale bien, los sacaran de ese centro de la tierra que este año manifestó todo su poder.
Luego conoceremos la historia de cada uno. La visión que cada uno de ellos tuvo de este tiempo dentro de las entrañas de la tierra, de esa tierra que por su profesión les ha dado de comer a cada uno de ellos. De esa tierra que, no sólo a Chile, sino al mundo, le mostró que los seres humanos no somos tan poderosos como creemos. La tierra nos ha dado este año una gran clase de humildad a todos los habitantes del planeta.
Los 33 pronto estarán sobre la superficie de la tierra. Y Chile nos dio una gran lección de fé. Una evidencia de que la esperanza, como han llamado a su campamente, siempre triunfa.
El mundo respiró aliviado. Este año, Chile tuvo en vilo al planeta. A principios de año todos sufrimos al ver las imágenes de un terremoto terrible. No se derrumbaron sólo casas, también sueños y esperanzas. Los hermanos trasandinos juntaros toda su fuerza y comenzaron la reconstrucción.
Y nuevamente Chile fue noticia. Treinta y tres hombres estaban perdidos. Sin embargo la fe del pueblo chileno obtuvo su recompensa. Los mineros estaban con vida, esperando que alguien los rescatara. Y el rescate llegó. En sólo dos días más, si todo sale bien, los sacaran de ese centro de la tierra que este año manifestó todo su poder.
Luego conoceremos la historia de cada uno. La visión que cada uno de ellos tuvo de este tiempo dentro de las entrañas de la tierra, de esa tierra que por su profesión les ha dado de comer a cada uno de ellos. De esa tierra que, no sólo a Chile, sino al mundo, le mostró que los seres humanos no somos tan poderosos como creemos. La tierra nos ha dado este año una gran clase de humildad a todos los habitantes del planeta.
Los 33 pronto estarán sobre la superficie de la tierra. Y Chile nos dio una gran lección de fé. Una evidencia de que la esperanza, como han llamado a su campamente, siempre triunfa.
jueves, 7 de octubre de 2010
Inseguridad: no quiero acostumbrarme!!
Porque me rompo el alma trabajando hace veinte años. Porque trabajo para poder comprarme lo que me gusta. Porque me gusta mi trabajo de vendedora. Porque conozco personas que se pasan la vida adentro de un comercio para poder darle a su familia alguna comodidad. Ni siquiera un lujo, una comodidad.
No quiero acostumbrarme a que venga uno de estos pibes, y de la nada saque un revolver y te saque no sólo el dinero o el celular... Porque te quitan la tranquilidad, la confianza, las ganas de seguir adelante. Y a veces, muchas de un tiempo a esta parte, también te quitan la vida.
No quiero temblar como una hoja cada vez que me cruzo con un pibe que lleva la capucha puesta. ¡Me tienen harta con las capuchas, que sólo sirven para ocultar un poco sus rasgos, pero que son el signo de lo que te puede llegar a pasar! No comprendo por qué los que matan siguen caminando por las calles, mientras que yo tengo que vivir encerrada, contratando alarmas, mirando por la ventana quién es el que pasa por la calle, tratándolos bien para que no me hagan nada. Conviertiéndome casi en cómplice de ellos, por temor a ser la próxima víctima, cuando ellos no se van a fijar en nada si quieren robarme o matarme. No se van a acordar que el kiosquero le fio los cigarrillos, o el pan para sus prematuros hijos. Lo asaltan igual, porque no tienen códigos. Porque no les importa ni su propia vida, no les importa la tuya o la mía.
Si te preguntás que me pasa, me pasa que hoy uno de estos "pobres pibes" asaltó a uno de mis clientes. E hizo que una compradora y su hijito pasaran un pésimo momento, apuntándolos con un arma. Y me pasó que me sentí impotente, porque tuve ganas de salir gritando para que todos los que caminaban por la calle nos ayudaran, pero si salía corriendo corría el riesgo de que me disparara a mi o a alguno de los que estaban en el comercio. Y tuve que esconderme, para que no me robe lo poco que tengo. Lo poco que tengo y que lo tengo porque trabajo todos los días desde hace más de veinte años... Como mi cliente, como la señora que estaba comprando. Como la chica que trabaja en ese comercio, que lloraba pensando en la bebé que la estaba esperando en su casa.
No quiero acostumbrarme, como me dijo despues Juan, otro cliente. "Dales todo y que se vayan, sabés las veces que vinieron acá". No quiero, y no por el valor económico de lo que poseo. No quiero porque yo me lo gané TRABAJANDO, así con mayúsculas. Y me costó mucho poseer eso poquito que poseo. Como le cuesta a Juan cada mañana que se queda en su negocio todos los días, incluyendo los domingos, trabajando para poder pagar sus impuestos y cumplir con sus obligaciones. ¿Hasta cuándo, Juan, te vas a acostumbrar? ¿Hasta que un día uno que esté pasadito te pegue un tiro a vos o a tu señora? Y Juan me constesta sólo con su cara de resignación, encogiendo los hombros, porque no tiene una respuesta.
No quiero acostumbrarme a encender la tele y ver en el noticiero que hubieron cuatro muertos por delitos en un día... ¡Y después dicen que el delito bajó! ¡Vení, recorré las villas conmigo! ¡Subite a un camión de reparto y contame después que el nivel de delincuenca es bajo! ¡Caminá las calles con Juan o con cualquiera, olvidate de tus guardaespaldas y salí con los que te pagamos los impuestos! Y, después de eso, si salís vivo, si no te pasa nada, puede ser que te crea!
No quiero acostumbrarme a ver nenes, bebés de mamadera, pidiendo limosnita en las escaleras de la catedral. No quiero acostumbrarme a ver que su mamá fuma, se tiñe, se pinta las uñas y usa ropa de buena marca, mientras utiliza a su hijo para dar lástima!!! No quiero ver chicos haciendo malabares en las avenidas, ni a los limpiavidrios, ni a nadie que pida nada, porque primero te piden con la mirada de la lástima y después te piden con el revolver en la mano.
No quiero acostumbrarme a que todos saben quien es el chorro, el violador, el delincuente, el que vende droga, pero por miedo no dicen nada. Porque están protegidos, porque entran y salen, porque la justicia es demasiado blanda. Juan me dice " este gobierno" y yo le recuerdo que dentro de un año habrá elecciones y que el gobierno puede cambiar, pero que la situación de inseguridad no creo que cambie, porque los que tienen el verdadero poder de cambiar esto son los jueces, y a ellos no los cambiamos con los votos!! Ellos están en sus casas de barrios caros, con sus autos blindados, con sus guardaespaldas. Su familia tiene custodia y a ellos no les pasa nada. Pero cuando un grupo de personas les reclama justicia en sus casas por la vida de un trabajador que pende de un hilo, ellos se molestan. Elevan un escrito y lo leen en los medios con voz de ofendidos. ¡¡¡Si la justicia es independiente, los quieren obligar a meter preso a un delincuente!! Y está mal que le hagan un escrache! Si, puede ser que esté mal, pero el pueblo ya no tiene a dónde ir a reclamar, porque los asesinos de sus hijos, maridos o hermanos están libres, señores jueces! Y ustedes son los responsables de eso al permitirles salir antes de tiempo, al darles penas leves, al otorgarles salidas laborales o ponerles las inservibles pulseras que no detectan cuando salen de sus casas a delinquir!!
No quiero acostumbrarme a escribir de inseguridad. No quiero acostumbrarme a sentir miedo. No quiero acostumbarme a darle lo que tengo porque si no me matan. No quiero que nadie se acostumbre a vivir asi, porque no es digno para nadie. No quiero que nadie más se vaya del país porque está cansado de que lo roben o maten a los miembros de su familia. No quiero acostumbrarme a eso. No quiero!
No quiero acostumbrarme a que venga uno de estos pibes, y de la nada saque un revolver y te saque no sólo el dinero o el celular... Porque te quitan la tranquilidad, la confianza, las ganas de seguir adelante. Y a veces, muchas de un tiempo a esta parte, también te quitan la vida.
No quiero temblar como una hoja cada vez que me cruzo con un pibe que lleva la capucha puesta. ¡Me tienen harta con las capuchas, que sólo sirven para ocultar un poco sus rasgos, pero que son el signo de lo que te puede llegar a pasar! No comprendo por qué los que matan siguen caminando por las calles, mientras que yo tengo que vivir encerrada, contratando alarmas, mirando por la ventana quién es el que pasa por la calle, tratándolos bien para que no me hagan nada. Conviertiéndome casi en cómplice de ellos, por temor a ser la próxima víctima, cuando ellos no se van a fijar en nada si quieren robarme o matarme. No se van a acordar que el kiosquero le fio los cigarrillos, o el pan para sus prematuros hijos. Lo asaltan igual, porque no tienen códigos. Porque no les importa ni su propia vida, no les importa la tuya o la mía.
Si te preguntás que me pasa, me pasa que hoy uno de estos "pobres pibes" asaltó a uno de mis clientes. E hizo que una compradora y su hijito pasaran un pésimo momento, apuntándolos con un arma. Y me pasó que me sentí impotente, porque tuve ganas de salir gritando para que todos los que caminaban por la calle nos ayudaran, pero si salía corriendo corría el riesgo de que me disparara a mi o a alguno de los que estaban en el comercio. Y tuve que esconderme, para que no me robe lo poco que tengo. Lo poco que tengo y que lo tengo porque trabajo todos los días desde hace más de veinte años... Como mi cliente, como la señora que estaba comprando. Como la chica que trabaja en ese comercio, que lloraba pensando en la bebé que la estaba esperando en su casa.
No quiero acostumbrarme, como me dijo despues Juan, otro cliente. "Dales todo y que se vayan, sabés las veces que vinieron acá". No quiero, y no por el valor económico de lo que poseo. No quiero porque yo me lo gané TRABAJANDO, así con mayúsculas. Y me costó mucho poseer eso poquito que poseo. Como le cuesta a Juan cada mañana que se queda en su negocio todos los días, incluyendo los domingos, trabajando para poder pagar sus impuestos y cumplir con sus obligaciones. ¿Hasta cuándo, Juan, te vas a acostumbrar? ¿Hasta que un día uno que esté pasadito te pegue un tiro a vos o a tu señora? Y Juan me constesta sólo con su cara de resignación, encogiendo los hombros, porque no tiene una respuesta.
No quiero acostumbrarme a encender la tele y ver en el noticiero que hubieron cuatro muertos por delitos en un día... ¡Y después dicen que el delito bajó! ¡Vení, recorré las villas conmigo! ¡Subite a un camión de reparto y contame después que el nivel de delincuenca es bajo! ¡Caminá las calles con Juan o con cualquiera, olvidate de tus guardaespaldas y salí con los que te pagamos los impuestos! Y, después de eso, si salís vivo, si no te pasa nada, puede ser que te crea!
No quiero acostumbrarme a ver nenes, bebés de mamadera, pidiendo limosnita en las escaleras de la catedral. No quiero acostumbrarme a ver que su mamá fuma, se tiñe, se pinta las uñas y usa ropa de buena marca, mientras utiliza a su hijo para dar lástima!!! No quiero ver chicos haciendo malabares en las avenidas, ni a los limpiavidrios, ni a nadie que pida nada, porque primero te piden con la mirada de la lástima y después te piden con el revolver en la mano.
No quiero acostumbrarme a que todos saben quien es el chorro, el violador, el delincuente, el que vende droga, pero por miedo no dicen nada. Porque están protegidos, porque entran y salen, porque la justicia es demasiado blanda. Juan me dice " este gobierno" y yo le recuerdo que dentro de un año habrá elecciones y que el gobierno puede cambiar, pero que la situación de inseguridad no creo que cambie, porque los que tienen el verdadero poder de cambiar esto son los jueces, y a ellos no los cambiamos con los votos!! Ellos están en sus casas de barrios caros, con sus autos blindados, con sus guardaespaldas. Su familia tiene custodia y a ellos no les pasa nada. Pero cuando un grupo de personas les reclama justicia en sus casas por la vida de un trabajador que pende de un hilo, ellos se molestan. Elevan un escrito y lo leen en los medios con voz de ofendidos. ¡¡¡Si la justicia es independiente, los quieren obligar a meter preso a un delincuente!! Y está mal que le hagan un escrache! Si, puede ser que esté mal, pero el pueblo ya no tiene a dónde ir a reclamar, porque los asesinos de sus hijos, maridos o hermanos están libres, señores jueces! Y ustedes son los responsables de eso al permitirles salir antes de tiempo, al darles penas leves, al otorgarles salidas laborales o ponerles las inservibles pulseras que no detectan cuando salen de sus casas a delinquir!!
No quiero acostumbrarme a escribir de inseguridad. No quiero acostumbrarme a sentir miedo. No quiero acostumbarme a darle lo que tengo porque si no me matan. No quiero que nadie se acostumbre a vivir asi, porque no es digno para nadie. No quiero que nadie más se vaya del país porque está cansado de que lo roben o maten a los miembros de su familia. No quiero acostumbrarme a eso. No quiero!
martes, 5 de octubre de 2010
Palabras para vos
La voz de Marcela se quiebra, y su emoción conmueve y llega al alma. A pesar de estar al borde del llanto, continúa pidiendo a la gente que se sume. A pesar de su dolor, está de pie, peleando por vos, por mí, por todos. Pelea para que ninguno de nosotros pasemos al otro lado de la triste bandera que muestra las fotos de todas las personas que han sido asesinadas en nuestra ciudad, víctimas del delito.
Oirla me provoca un nudo en la garganta. Intimamente creo que deberían escucharla muchos que no están presentes. Deberían escucharla los que en realidad tendrían que velar por nuestra seguridad. Los que deberían otorgarnos la justicia necesaria para hacernos sentir tranquilos. Para que todos tengamos fe en la justicia de los hombres y podamos caminar tranquilos por la calle. Para que vos vuelvas tranquilo a tu casa por las noches. Para que no tengas miedo de que tus hijos salgan a una fiesta. Para que tus padres puedan salir a la calle con confianza.
Esta tarde hubo muchas voces que contaron su dolor. Que transmitieron su impotencia. Que te pegan en el alma como un mazazo y te hacen preguntarte por qué no reaccionaste antes. Por qué no los acompañaste antes. Porque yo también recién me sumo a las marchas y hoy pude ver y sentir la soledad de los familiares de las víctimas del delito.
Pude ver la gente que continuaba mirando las vidrieras, tomando su café, paseando tranquilamente, como si la marcha fuera una marcha de fantasmas. Pero también vi personas que, haciéndose a un costado, murmuraba tímidamente "justicia" y "seguridad", o daba palmas al compás de los que caminábamos. Algunos comerciantes se asomaron a las veredas y tambien nos acompañaban moralmente. Algunas personas se sumaron a lo largo del camino y engrosaron la fila que comenzó en Buenos Aires y la Peatonal.
Luego las palabras. Las que no se lleva el viento y van grabándose en la memoria y en el alma. Impregnadas del dolor que provoca la ausencia del ser amado. Cargadas de impotencia por la falta de justicia. Por la falta de celeridad. Llenas de bronca por saber que el asesino sigue ahí, en la calle, caminando las mismas calles que vos y yo....
Y les da bronca que vos no estés ahí. Porque saben que si te pasa algo, tu familia va a comenzar a ir. Pero ya va a ser tarde. Porque vos ya no vas a estar para acompañarlos. Para pedir por tu vida. Por tu seguridad.
Entonces, sumate. Comenzá a acompañarlos. A acompañarnos. A pedir para que puedas caminar por la calle sin miedo. Para que tus viejos puedan cobrar sus jubilaciones tranquilos. Para que tus hijos vuelvan del boliche seguros. Para que vos llegues bien a tu trabajo.... Sumate, escuchalos, y vas a entender lo que te digo...
Oirla me provoca un nudo en la garganta. Intimamente creo que deberían escucharla muchos que no están presentes. Deberían escucharla los que en realidad tendrían que velar por nuestra seguridad. Los que deberían otorgarnos la justicia necesaria para hacernos sentir tranquilos. Para que todos tengamos fe en la justicia de los hombres y podamos caminar tranquilos por la calle. Para que vos vuelvas tranquilo a tu casa por las noches. Para que no tengas miedo de que tus hijos salgan a una fiesta. Para que tus padres puedan salir a la calle con confianza.
Esta tarde hubo muchas voces que contaron su dolor. Que transmitieron su impotencia. Que te pegan en el alma como un mazazo y te hacen preguntarte por qué no reaccionaste antes. Por qué no los acompañaste antes. Porque yo también recién me sumo a las marchas y hoy pude ver y sentir la soledad de los familiares de las víctimas del delito.
Pude ver la gente que continuaba mirando las vidrieras, tomando su café, paseando tranquilamente, como si la marcha fuera una marcha de fantasmas. Pero también vi personas que, haciéndose a un costado, murmuraba tímidamente "justicia" y "seguridad", o daba palmas al compás de los que caminábamos. Algunos comerciantes se asomaron a las veredas y tambien nos acompañaban moralmente. Algunas personas se sumaron a lo largo del camino y engrosaron la fila que comenzó en Buenos Aires y la Peatonal.
Luego las palabras. Las que no se lleva el viento y van grabándose en la memoria y en el alma. Impregnadas del dolor que provoca la ausencia del ser amado. Cargadas de impotencia por la falta de justicia. Por la falta de celeridad. Llenas de bronca por saber que el asesino sigue ahí, en la calle, caminando las mismas calles que vos y yo....
Y les da bronca que vos no estés ahí. Porque saben que si te pasa algo, tu familia va a comenzar a ir. Pero ya va a ser tarde. Porque vos ya no vas a estar para acompañarlos. Para pedir por tu vida. Por tu seguridad.
Entonces, sumate. Comenzá a acompañarlos. A acompañarnos. A pedir para que puedas caminar por la calle sin miedo. Para que tus viejos puedan cobrar sus jubilaciones tranquilos. Para que tus hijos vuelvan del boliche seguros. Para que vos llegues bien a tu trabajo.... Sumate, escuchalos, y vas a entender lo que te digo...
lunes, 4 de octubre de 2010
¡¡¡Acá estamos!!!
Pasaron veintiochoaños y parece que fue ayer que nos despedimos del septimo grado de la escuela primaria. Algunos nos continuamos viendo, de otros perdimos el rumbo. Y gracias a la tecnología, un día dijimos que sería muy lindo volver a encontrarnos. Y comenzamos la búsqueda en Facebook, y de a poco fuimos hallando a nuestros ex compañeritos, ya convertidos en hombres y mujeres, algunos con rasgos apenas alterados por el tiempo y otros a los que no habríamos reconocido.
Recordamos todo: las tecnicas de vocalización del maestro de música, pianista y tachero. Los plantones en el patio del colegio. Las clases de la maestra Eugenia, de manualidades, en las que usabamos mucho pegamento de contacto.... y nos parecía que tenía buen olor!!! Al cura con el termo bajo el brazo imponiéndose en el patio... O cuando nos hacían la revisación de piojos, uñas y orejas, que hizo que a algunos de los chicos les cortaran el pelo en el patio...
Hablamos de los sentimientos que en ese momento no podíamos explicar. Cosas que nos pasaban a cada uno de nosotros y que eramos muy chicos para comprender.
Y de repente me dí cuenta que el tiempo casi no había pasado. Que los que estabamos ahí reunidos eramos casi los mismos que los de hace veintiocho años, con algunas heridas más, con cicatrices, con golpes, de esos que te da la vida, pero con la fuerza suficiente para salir adelante y continuar enfrentándola.
Ahí estabamos los seis, rescatando a los niños que cada uno fue. Que cada uno sigue siendo. Acá estamos, estos somos!!!
Recordamos todo: las tecnicas de vocalización del maestro de música, pianista y tachero. Los plantones en el patio del colegio. Las clases de la maestra Eugenia, de manualidades, en las que usabamos mucho pegamento de contacto.... y nos parecía que tenía buen olor!!! Al cura con el termo bajo el brazo imponiéndose en el patio... O cuando nos hacían la revisación de piojos, uñas y orejas, que hizo que a algunos de los chicos les cortaran el pelo en el patio...
Hablamos de los sentimientos que en ese momento no podíamos explicar. Cosas que nos pasaban a cada uno de nosotros y que eramos muy chicos para comprender.
Y de repente me dí cuenta que el tiempo casi no había pasado. Que los que estabamos ahí reunidos eramos casi los mismos que los de hace veintiocho años, con algunas heridas más, con cicatrices, con golpes, de esos que te da la vida, pero con la fuerza suficiente para salir adelante y continuar enfrentándola.
Ahí estabamos los seis, rescatando a los niños que cada uno fue. Que cada uno sigue siendo. Acá estamos, estos somos!!!
sábado, 2 de octubre de 2010
Anestesiados
La muerte provoca diversas reacciones. Algunos se niegan a aceptarla, otros se enojan porque les quita un ser querido. Otras personas asumen que la muerte forma parte de la vida y la toman con naturalidad.
Cuando la muerte nos sorprende también reaccionamos de diferentes formas. Una muerte natural sorpresiva provoca una reacción de incredulidad muy fuerte, ya que alguien sano que, sin explicación aparente o sin ninguna enfermedad que lo justifique fallece, todos nos comenzamos a preguntar por qué. El impacto nos conmueve hasta lo más hondo de nuestro ser. Como ejemplo, el reciente fallecimiento de una actriz provocó miles de reacciones, a nivel mundial. Una sola de las páginas de Facebook que trata el tema logró, en apenas 48 horas, más de 400.000 adherentes que se solidarizaban con el lamentable hecho, como así también, muchísimas personas etiquetaron fotos de la actriz, comunicando el suceso.
En cambio, una muerte traumática ya no nos causa la misma reacción. La inseguridad nos viene robando vidas desde hace muchísimos años, y, salvo las movilizaciones propias de cada ciudad, no conmueven a la sociedad de la misma forma. Sin ir más lejos, las marchas en todo el país convocadas para el 25 de septiembre no tuvieron la cantidad de asistentes que deberían, ya que en esas marchas se reclama por la seguridad de todos. Apenas 200 personas en la capital del país. Y la más convocante, tres mil o cuatro mil, según si lo comunica la entidad que organiza a los familiares de las víctimas o la policía.
Matan en un secuestro a un chico de dieciseis años, y muy pocas personas etiquetan fotos de él, o envían mensajes de repudio. Es uno más que va a engrosar la lista de víctimas. Es sólo un nombre que será olvidado dentro de pocos días, cuando otro nombre ocupe su lugar en los medios. Como pasó con Isidro, con Santiago, con Dalina, con Diego, con Manolo.... y la lista continúa, pero salvo que ocurra alguna novedad trascendental, un muerte va tapando a la otra y sólo los familiares y seres queridos mantienen viva la memoria de los que ya no están.
Lo cotidiano se nos hace costumbre. Las muertes por inseguridad ya no nos sacuden, a menos que nos toquen de cerca. Y los reclamos y marchas pierden su sentido a medida que pasa el tiempo, a medida que la injusticia de la memoria nos va alejando de los acontecimientos y nos adormece la indignación y el repudio que sentimos.
La voracidad de los tiempos que vivimos, el vértigo de estos días nos anestesian, hasta el próximo delito, hasta que algo nos sacude el instinto de supervivencia y nos hace gritar desde el alma que necesitamos justicia, equidad, respeto.... que necesitamos saber que vamos a estar para ver a nuestros hijos crecer, que mañana vamos a poder darle un beso a nuestros padres.
Debemos despertar y dejar de estar anestesiados para pedir lo que nos corresponde: caminar libremente por la calle, trabajar con tranquilidad, estudiar para tener un futuro. Que la muerte natural sea eso, natural y no un acontecimiento que nos avasalla. Que los asesinatos nos se nos vuelvan costumbre.
Cuando la muerte nos sorprende también reaccionamos de diferentes formas. Una muerte natural sorpresiva provoca una reacción de incredulidad muy fuerte, ya que alguien sano que, sin explicación aparente o sin ninguna enfermedad que lo justifique fallece, todos nos comenzamos a preguntar por qué. El impacto nos conmueve hasta lo más hondo de nuestro ser. Como ejemplo, el reciente fallecimiento de una actriz provocó miles de reacciones, a nivel mundial. Una sola de las páginas de Facebook que trata el tema logró, en apenas 48 horas, más de 400.000 adherentes que se solidarizaban con el lamentable hecho, como así también, muchísimas personas etiquetaron fotos de la actriz, comunicando el suceso.
En cambio, una muerte traumática ya no nos causa la misma reacción. La inseguridad nos viene robando vidas desde hace muchísimos años, y, salvo las movilizaciones propias de cada ciudad, no conmueven a la sociedad de la misma forma. Sin ir más lejos, las marchas en todo el país convocadas para el 25 de septiembre no tuvieron la cantidad de asistentes que deberían, ya que en esas marchas se reclama por la seguridad de todos. Apenas 200 personas en la capital del país. Y la más convocante, tres mil o cuatro mil, según si lo comunica la entidad que organiza a los familiares de las víctimas o la policía.
Matan en un secuestro a un chico de dieciseis años, y muy pocas personas etiquetan fotos de él, o envían mensajes de repudio. Es uno más que va a engrosar la lista de víctimas. Es sólo un nombre que será olvidado dentro de pocos días, cuando otro nombre ocupe su lugar en los medios. Como pasó con Isidro, con Santiago, con Dalina, con Diego, con Manolo.... y la lista continúa, pero salvo que ocurra alguna novedad trascendental, un muerte va tapando a la otra y sólo los familiares y seres queridos mantienen viva la memoria de los que ya no están.
Lo cotidiano se nos hace costumbre. Las muertes por inseguridad ya no nos sacuden, a menos que nos toquen de cerca. Y los reclamos y marchas pierden su sentido a medida que pasa el tiempo, a medida que la injusticia de la memoria nos va alejando de los acontecimientos y nos adormece la indignación y el repudio que sentimos.
La voracidad de los tiempos que vivimos, el vértigo de estos días nos anestesian, hasta el próximo delito, hasta que algo nos sacude el instinto de supervivencia y nos hace gritar desde el alma que necesitamos justicia, equidad, respeto.... que necesitamos saber que vamos a estar para ver a nuestros hijos crecer, que mañana vamos a poder darle un beso a nuestros padres.
Debemos despertar y dejar de estar anestesiados para pedir lo que nos corresponde: caminar libremente por la calle, trabajar con tranquilidad, estudiar para tener un futuro. Que la muerte natural sea eso, natural y no un acontecimiento que nos avasalla. Que los asesinatos nos se nos vuelvan costumbre.
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