Algunas veces siento que vivimos en constante "sobredosis". De trabajo, de exposición, de noticias. Todo el tiempo estamos ametrallados por una andanada de información con la que no sabemos qué hacer. De repente me pregunto cómo hacen algunos chicos con tantas actividades que tienen ya que, además del colegio, van inglés, fútbol, danzas, dibujo, etc.
Enciendo la tele, y constantemente brotan de todos los canales la misma noticia repetida hasta el infinito. Que si éste dijo tal cosa, que si aquél le contestó. Una permanente agresividad que llega, en algún momento de nuestras vidas, a afectarnos.
Veo gente conocida que no sé en qué momento descansa, algo funtamental para el organismo. Se despierta en horas tempranas para trabajar, asiste al ginmasio, sale, se acuesta tarde. Y en esas salidas constantes y exageradas, también nos aturden con música a altísimo volúmen y humo de cigarrillo.
Siento que nos estamos olvidando de nosotros mismos. Que si no hacemos lo mismo que los demás, somos amargados y aburridos. Como si por alguna razón, todos debieramos divertirnos con las mismas cosas, hacer lo mismo que los demás, vivir como viven todos.
Por alguna razón, adoro el silencio. Esa paz brutal, en la que sólo se oye el rumor del viento en las hojas de los árboles. O el sonido del mar, acariciando las playas. El silencio me permite oirme a mí misma. Me deja divagar, sin presiones, hacia dónde me gustaría ir. El silencio, en su justa medida, es la música más maravillosa del mundo.
La mirada de una mujer que expresa su pensamiento y las observaciones que hace a diario sobre diferentes acontecimientos que presenta la realidad. Me pueden encontrar en Twitter como @miradacomun y en Facebook como Una mirada comun, enviando solicitud de amistad, o haciéndose fan de la página.
sábado, 24 de julio de 2010
domingo, 18 de julio de 2010
Domingo de lluvia
Estás ahí, y mientras escribo, siento que me mirás con una ternura infinita. Cebás un mate y me lo alcanzás en silencio, en ese silencio lleno de palabras. Sé que no querés interrumpirme, que pensás que vas a molestarme o a cortar mi inspiración. Y no te podés dar una idea de lo que me gusta que vengas a interrumpirme, de que me demuestres tu cariño con ese mate mudo, lleno de significados.
Mirás por la ventana el diluvio que parece que no termina. Suspirás, porque tenés que irte y en realidad el día dá para quedarse en casa. Me acerco a vos, y te abrazo. Sin decirnos nada. Los dos sabemos lo que nuestro silencio dice. Y nos quedamos mirando la lluvia, esperando que ese minuto se haga eterno.
Encajo perfectamente en vos. En tu mirada. Tu sonrisa fue hecha para la mía. Buscás mis manos, y las llevás hasta tu boca para darles el más dulce de los besos. Tu sensualidad es paciente, y me hace prisionera de algo que va más allá de mi consciencia.
Afuera llueve un diluvio sin fin, pero a ninguno de los dos nos molesta. Al contrario, esa lluvia es la excusa perfecta para quedarnos abrigados en nuestro amor.
Mirás por la ventana el diluvio que parece que no termina. Suspirás, porque tenés que irte y en realidad el día dá para quedarse en casa. Me acerco a vos, y te abrazo. Sin decirnos nada. Los dos sabemos lo que nuestro silencio dice. Y nos quedamos mirando la lluvia, esperando que ese minuto se haga eterno.
Encajo perfectamente en vos. En tu mirada. Tu sonrisa fue hecha para la mía. Buscás mis manos, y las llevás hasta tu boca para darles el más dulce de los besos. Tu sensualidad es paciente, y me hace prisionera de algo que va más allá de mi consciencia.
Afuera llueve un diluvio sin fin, pero a ninguno de los dos nos molesta. Al contrario, esa lluvia es la excusa perfecta para quedarnos abrigados en nuestro amor.
viernes, 16 de julio de 2010
Judía por un día
Hace muchos años viajé a Capital Federal por cuestiones de trabajo. Tenía 24 años y poco tiempo, asi que con mi colega hicimos todo lo más rápido posible.En aquél entonces yo trabajaba casi por mi cuenta, vendiendo regalería y cosas por el estilo. Habíamos ido a varios lugares, algunas papeleras, hicimos algunos encargues. Nos faltaban pocas cosas.
Recuerdo que llegamos muy temprano, Habíamos viajado toda la noche, para aprovechar el tiempo. Y, por alguna razón me quedó grabado un lugar, un edificio oscuro, al lado de una distribuidora de juguetes. Continuamos con todo aquello que teníamos planeado y volvimos a Mar del Plata, ignorantes aún de lo que pasaría un mes después.
La fecha del viaje habia sido adelantada. En julio, en época de vacaciones los pasajes eran más caros, y corríamos el riesgo de no conseguirlos. Cuando uno busca minimizar gastos, estos detalles cuentan. Y realizamos la excursión de compras en junio, para quedarnos tranquilos.
Exactamente un mes después, en realidad el día que habíamos planificado viajar originalmente, una bomba estalló en el edificio de la Amia. Ese edificio oscuro que tanto me había llamado la atención. La distribuidora de juguetes habia quedado destruida. Mi socio, que conservaba la boleta, me la mostró, señalándome la hora de facturación. Habiamos estado allí casi a las diez de la mañana.
No sé qué extraño designio hizo que cambiaramos nuestros planes. Mientras veia los noticieros, dentro de mí se mezclaban mil sensaciones. ¿Tenía que agradecer por estar viva? ¿Me tenía que sentir culpable por estarlo? Sólo sabía que hubiera querido estar ahí, ayudando a rescatar a uno de los 85 argentinos que murieron. Porque en ese atentado a una mutual de una asociación religiosa, murieron 85 personas que habitaban nuestro país. Y cada 18 de julio, me siento judía y comparto con el pueblo entero su dolor.
Recuerdo que llegamos muy temprano, Habíamos viajado toda la noche, para aprovechar el tiempo. Y, por alguna razón me quedó grabado un lugar, un edificio oscuro, al lado de una distribuidora de juguetes. Continuamos con todo aquello que teníamos planeado y volvimos a Mar del Plata, ignorantes aún de lo que pasaría un mes después.
La fecha del viaje habia sido adelantada. En julio, en época de vacaciones los pasajes eran más caros, y corríamos el riesgo de no conseguirlos. Cuando uno busca minimizar gastos, estos detalles cuentan. Y realizamos la excursión de compras en junio, para quedarnos tranquilos.
Exactamente un mes después, en realidad el día que habíamos planificado viajar originalmente, una bomba estalló en el edificio de la Amia. Ese edificio oscuro que tanto me había llamado la atención. La distribuidora de juguetes habia quedado destruida. Mi socio, que conservaba la boleta, me la mostró, señalándome la hora de facturación. Habiamos estado allí casi a las diez de la mañana.
No sé qué extraño designio hizo que cambiaramos nuestros planes. Mientras veia los noticieros, dentro de mí se mezclaban mil sensaciones. ¿Tenía que agradecer por estar viva? ¿Me tenía que sentir culpable por estarlo? Sólo sabía que hubiera querido estar ahí, ayudando a rescatar a uno de los 85 argentinos que murieron. Porque en ese atentado a una mutual de una asociación religiosa, murieron 85 personas que habitaban nuestro país. Y cada 18 de julio, me siento judía y comparto con el pueblo entero su dolor.
Muñecos para armar o para amar
¿Quién no recuerda la película Don Juan de Marco? El personaje central, en su locura amorosa, recortaba imágenes de revistas y fotos construyendo, así, a su mujer ideal. Y en esa locura, brillante y apasionada, arrastró a los demás y encontró al final al amor de su vida.
Nacemos sin moldes, sin modelos. Ignorantes de miles de datos, nacemos inocentes. Pero al crecer comienzan a ponernos en moldes. Nos cuentan historias con finales felices. Nos inculcan qué color de ojos, de pelo, qué profesión, cómo debe ser el amor de nuestra vida. Nos hablan de un mundo perfecto e inalcanzable, en donde tal vez no podamos entrar porque no somos perfectos.
Nos venden un modelo para armar, con instrucciones y todo, para llegar a la felicidad. Si fumamos tal cigarrillo, si manejamos tal auto, si tomamos tal bebida, si nos vamos de vacaciones a tal lugar. No somos miembros de la elite de la felicidad si no formamos parte del selecto grupo que nos imponen. Si no tenemos el color de pelo que usan los ejemplos/ejemplares del Olimpo sonriente.
Los que nacemos sin la fortuna de vivir así, aprendemos que la felicidad es otra cosa. Aprendemos a disfrutar de una mirada transparente, de un atardecer. Comprendemos que no existe un color de pelo o de ojos ideal. Asumimos que lo verdaderamente importante no está en la cantidad de horas que transcurren dentro de un gimnasio. Entendemos que ninguna marca particular de automóvil nos conducirá a la felicidad, ni que una determinada bebida nos embriagará de gozo. Sabemos que lo verdaderamente importante vibra en lo más profundo del alma y del corazón.
Nacemos sin moldes, sin modelos. Ignorantes de miles de datos, nacemos inocentes. Pero al crecer comienzan a ponernos en moldes. Nos cuentan historias con finales felices. Nos inculcan qué color de ojos, de pelo, qué profesión, cómo debe ser el amor de nuestra vida. Nos hablan de un mundo perfecto e inalcanzable, en donde tal vez no podamos entrar porque no somos perfectos.
Nos venden un modelo para armar, con instrucciones y todo, para llegar a la felicidad. Si fumamos tal cigarrillo, si manejamos tal auto, si tomamos tal bebida, si nos vamos de vacaciones a tal lugar. No somos miembros de la elite de la felicidad si no formamos parte del selecto grupo que nos imponen. Si no tenemos el color de pelo que usan los ejemplos/ejemplares del Olimpo sonriente.
Los que nacemos sin la fortuna de vivir así, aprendemos que la felicidad es otra cosa. Aprendemos a disfrutar de una mirada transparente, de un atardecer. Comprendemos que no existe un color de pelo o de ojos ideal. Asumimos que lo verdaderamente importante no está en la cantidad de horas que transcurren dentro de un gimnasio. Entendemos que ninguna marca particular de automóvil nos conducirá a la felicidad, ni que una determinada bebida nos embriagará de gozo. Sabemos que lo verdaderamente importante vibra en lo más profundo del alma y del corazón.
lunes, 12 de julio de 2010
Sin nombre
La ambulancia llegó al lugar del hecho en medio de las estridencias propias de sus sirenas, que no saben de lutos ni dolores. Un círculo de gente señalaba el lugar, como las cruces en los mapas en donde se hallan sepultados tesoros antiguos. Abriéndole paso, se dividió en dos, como las aguas del Nilo ante un Moisés moderno.
Dos enfermeros bajaron la camilla. Tras comprobar el deceso del hombre, ya anciano, depositaron el cuerpo en ella, mientras el sol, atravesado por una nube negra, ensombrecía esa calle, en medio de la fiesta lumínica de la ciudad.
Todos los transeúntes, impotentes espectadores de una obra sin terminar, se marcharon poco a poco, decepcionados, de este improvisado teatro de la vida.
Ni siquiera quedó el fantasme del muerto circulando por alguna sombra, porque no se había atrevido a marcharse sin haber cumplido su íltima voluntad, quedando atrapado entre la vida y la muerte por una fuerza superior a la de aquel despojo.
El cadaver conservaba firmemente aferrado a su mano un pequeño medallón, en cuyo interior se encontraba una fotografía nebulosa y manchada de humedad; una fotografía que áquel hombre no necesitaba mirar, porque la llevaba grabada en su corazón.
El enfermero buscó algo que le diese una pista sobre la identidad de ese hombre. Unicamente encontró el colgante y, al abrirlo, vió, como si recien la hubiesen tomado, la fotografía de la más bella de las mujeres.
Observó, conmovido y extasiado, el retrato, mientras un estremecimiento le agitaba el corazómn. La belleza de esa mujer le produjo un dolor en los sentidos. Era como si un rayo de luz partiese de ella.
El fantasma revoloteaba sobre ese cuerpo inerte al que había dado vida durante tantos años. No pudo contener una pequeña lágrima de vapor, que se deslizó por su etérea mejilla, al percibir la dolorosa belleza de aquella mujer.
La ambulancia se detuvo en una luz roja. Parecía que el tiempo se había detenido. El enfermero vió como la puerta trasera se abría. Sin embargo, hacia atras se presentaba un camino de tierra rodeado de flores y árboles. El otro enfermero, al frente del volante, seguía esperando el cambio de luz.El hombre que acompañaba al cuerpo, sin comprender nada, bajó del vehículo.La puerta se cerró por sí sola, y el cambio de color del semáforo hizo que la ambulancia continuara su camino, perdiendose en la distancia.
El enfermero, sin saber qué hacer, desconcertado, conservaba el portarretrato en su mano. Impulsivamente, comenzó a caminar sin saber hacia donde, ignorando que un fantasma guiaba sus pasos u tratando de encontrarle una respuesta a lo inexplicable. Se detuvo bajo la sombra de un álamo frondoso y perfumado. abrió nuevamente el medallón. La belleza de la mujer lo hipnotizaba.
Al cerrar la mano, levantó la cabeza y notó una casa blanca a cierta distancia. Decidió ir hacia alli, sin saber cómo explicar la forma en que había llegado. Al abrir la puerta, una ráfaga de frescura lo embriagó, contrastando con el intenso calor que hacía afuera.
Si bien parecía vacía, la casa estaba limpia. Los muebles antiguos, parecían nuevos. Los cuadros, con imágenes de otros tiempos, parecían haber sido recientemente pintados.
Un piano rompió el silencio.Intentó en vano reconocer la melodía. Se dejó llevar por la música y recorrío la casa hasta llegar a una sala en donde una joven, vestida con traje de antaño, acariciaba sus teclas.
Fue entonces cuando sintió una presencia cercana. Giró la cabeza y vió a la sombra del hombre que habian encontrado muerto en la calle, a su lado, rejuvenecido. El espíritu camino hacia la joven y posó las manos en sus hombros. Ella dejó de tocar y lo miró con una infinit ternura.
Los dos se acercaron al enfermero. Ella le regaló la más dulce de las sonrisas. Él una profunda mirada de agradecimiento. Por fin, después de tantos años de estar perdidas en el tiempo, sus dos almas se habían encontrado.
Cuando el hombre cuyo oficio era ser enfermero en un sanatorio privado despertó, eran las 3.15 de la madrugada. Su esposa dormía dulcemente.Al lado de su almohada observó una cadena de la cual pendía un medallón. La fotografía de la más hermosa de las mujeres, junto al gran amor de su vida, ahora sonreía.
Dos enfermeros bajaron la camilla. Tras comprobar el deceso del hombre, ya anciano, depositaron el cuerpo en ella, mientras el sol, atravesado por una nube negra, ensombrecía esa calle, en medio de la fiesta lumínica de la ciudad.
Todos los transeúntes, impotentes espectadores de una obra sin terminar, se marcharon poco a poco, decepcionados, de este improvisado teatro de la vida.
Ni siquiera quedó el fantasme del muerto circulando por alguna sombra, porque no se había atrevido a marcharse sin haber cumplido su íltima voluntad, quedando atrapado entre la vida y la muerte por una fuerza superior a la de aquel despojo.
El cadaver conservaba firmemente aferrado a su mano un pequeño medallón, en cuyo interior se encontraba una fotografía nebulosa y manchada de humedad; una fotografía que áquel hombre no necesitaba mirar, porque la llevaba grabada en su corazón.
El enfermero buscó algo que le diese una pista sobre la identidad de ese hombre. Unicamente encontró el colgante y, al abrirlo, vió, como si recien la hubiesen tomado, la fotografía de la más bella de las mujeres.
Observó, conmovido y extasiado, el retrato, mientras un estremecimiento le agitaba el corazómn. La belleza de esa mujer le produjo un dolor en los sentidos. Era como si un rayo de luz partiese de ella.
El fantasma revoloteaba sobre ese cuerpo inerte al que había dado vida durante tantos años. No pudo contener una pequeña lágrima de vapor, que se deslizó por su etérea mejilla, al percibir la dolorosa belleza de aquella mujer.
La ambulancia se detuvo en una luz roja. Parecía que el tiempo se había detenido. El enfermero vió como la puerta trasera se abría. Sin embargo, hacia atras se presentaba un camino de tierra rodeado de flores y árboles. El otro enfermero, al frente del volante, seguía esperando el cambio de luz.El hombre que acompañaba al cuerpo, sin comprender nada, bajó del vehículo.La puerta se cerró por sí sola, y el cambio de color del semáforo hizo que la ambulancia continuara su camino, perdiendose en la distancia.
El enfermero, sin saber qué hacer, desconcertado, conservaba el portarretrato en su mano. Impulsivamente, comenzó a caminar sin saber hacia donde, ignorando que un fantasma guiaba sus pasos u tratando de encontrarle una respuesta a lo inexplicable. Se detuvo bajo la sombra de un álamo frondoso y perfumado. abrió nuevamente el medallón. La belleza de la mujer lo hipnotizaba.
Al cerrar la mano, levantó la cabeza y notó una casa blanca a cierta distancia. Decidió ir hacia alli, sin saber cómo explicar la forma en que había llegado. Al abrir la puerta, una ráfaga de frescura lo embriagó, contrastando con el intenso calor que hacía afuera.
Si bien parecía vacía, la casa estaba limpia. Los muebles antiguos, parecían nuevos. Los cuadros, con imágenes de otros tiempos, parecían haber sido recientemente pintados.
Un piano rompió el silencio.Intentó en vano reconocer la melodía. Se dejó llevar por la música y recorrío la casa hasta llegar a una sala en donde una joven, vestida con traje de antaño, acariciaba sus teclas.
Fue entonces cuando sintió una presencia cercana. Giró la cabeza y vió a la sombra del hombre que habian encontrado muerto en la calle, a su lado, rejuvenecido. El espíritu camino hacia la joven y posó las manos en sus hombros. Ella dejó de tocar y lo miró con una infinit ternura.
Los dos se acercaron al enfermero. Ella le regaló la más dulce de las sonrisas. Él una profunda mirada de agradecimiento. Por fin, después de tantos años de estar perdidas en el tiempo, sus dos almas se habían encontrado.
Cuando el hombre cuyo oficio era ser enfermero en un sanatorio privado despertó, eran las 3.15 de la madrugada. Su esposa dormía dulcemente.Al lado de su almohada observó una cadena de la cual pendía un medallón. La fotografía de la más hermosa de las mujeres, junto al gran amor de su vida, ahora sonreía.
Las señales y los miedos
Cuando se crece dentro de una burbuja, uno puede ver muchas cosas pero no sentirlas. Vivir las cosas, para bien o para mal, es lo que nos curte la piel para seguir adelante, lo que nos forma un callo que nos hace más fuertes al dolor. La sobreprotección, o no involucrarnos con la vida nos evita el sufrimiento, pero nos aporta experiencia, nos lleva al camino de la madurez.
Asomar la nariz al mundo nos hace fuertes y nos da todas las herramientas que necesitamos para crecer. Enfrentarnos a la vida nos hace vivir.
Y la vida nos pone señales en el camino para que nosotros las sigamos. Como en una ruta, esas señales nos dicen por donde transitar, cuál es el mejor camino, o el más corto. O el camino más hermoso.
Podemos confundirnos con las señales, o leerlas mal. Ese es el riesgo que corremos. Nuestras elecciones forman parte de un cúmulo de señales y miedos entremezclados. ¿Será lo mejor? ¿Estaremos seguros? ¿Y si terminamos heridos?
No podemos predecir el tiempo. Debemos tomar una decisión y seguirla. Si nos equivocamos, podemos enmendarlo y tomar otra decisión. A veces puede ser tarde, porque las oportunidades, como decían los griegos, son calvas.
Los sueños, los recuerdos, las coincidencias, nos ponen huellas en el camino y somos nosotros los que decidimos qué hacer. Una fecha, un eclipse, un nombre nos pueden servir de disparador para que tomemos la decision y veamos que hay más adelante. Como en cualquier camino.
Asomar la nariz al mundo nos hace fuertes y nos da todas las herramientas que necesitamos para crecer. Enfrentarnos a la vida nos hace vivir.
Y la vida nos pone señales en el camino para que nosotros las sigamos. Como en una ruta, esas señales nos dicen por donde transitar, cuál es el mejor camino, o el más corto. O el camino más hermoso.
Podemos confundirnos con las señales, o leerlas mal. Ese es el riesgo que corremos. Nuestras elecciones forman parte de un cúmulo de señales y miedos entremezclados. ¿Será lo mejor? ¿Estaremos seguros? ¿Y si terminamos heridos?
No podemos predecir el tiempo. Debemos tomar una decisión y seguirla. Si nos equivocamos, podemos enmendarlo y tomar otra decisión. A veces puede ser tarde, porque las oportunidades, como decían los griegos, son calvas.
Los sueños, los recuerdos, las coincidencias, nos ponen huellas en el camino y somos nosotros los que decidimos qué hacer. Una fecha, un eclipse, un nombre nos pueden servir de disparador para que tomemos la decision y veamos que hay más adelante. Como en cualquier camino.
sábado, 10 de julio de 2010
La piel sin marcas
Era diferente. Su piel era distinta. En un mundo en donde cada centrímetro era tapado por colores y formas, sobresalía por permanecer intacta.
No se trataba de una piel perfecta ni mucho menos. Tenía lunares que moteaban su blancura, que interrumpían la continuidad de sus curvas y líneas. Algunas pecas tambien formaban parte del relieve de aquella piel que no tenía marcas. Tal vez alguna cicatriz recordaba heridas más o menos pasadas, y tambien guardaba la memoria de heridas más íntimas pero, a la vez, menos visibles.
Aquella piel no tenía dibujos extraños. No poseía tatuajes ni nombres que describieran, como un mapa de antiguos piratas, que alguien había estado buscando su tesoro oculto. Aquella piel escondía, en su misterio, la riqueza de un alma a punto de ser descubierta, de un volcán inmenso escondido en lo profundo de su ser.
No se trataba de una piel perfecta ni mucho menos. Tenía lunares que moteaban su blancura, que interrumpían la continuidad de sus curvas y líneas. Algunas pecas tambien formaban parte del relieve de aquella piel que no tenía marcas. Tal vez alguna cicatriz recordaba heridas más o menos pasadas, y tambien guardaba la memoria de heridas más íntimas pero, a la vez, menos visibles.
Aquella piel no tenía dibujos extraños. No poseía tatuajes ni nombres que describieran, como un mapa de antiguos piratas, que alguien había estado buscando su tesoro oculto. Aquella piel escondía, en su misterio, la riqueza de un alma a punto de ser descubierta, de un volcán inmenso escondido en lo profundo de su ser.
Tras la oscuridad
Había pasado demasiado tiempo deambulando entre las sombras. Su existencia se había desarrollado sin luz, casi sin imágenes, mientras aprendía a defenderse del contorno de las cosas.
Sabía exactamente donde estaba situado cada objeto. Conocía de memoria todos los caminos por los que debía transitar sin chocarse con nada. Pero desconocía absolutamente qué era aquello con lo que podía atropellarse.Si bien adivinaba al tanteo su forma, ignoraba totalmente su contenido, su color, su utilidad.
Nunca supo qué Dios ignoto le prohibió la luz. Las cortinas habían sido su límite, la línea entre el bien y el mal. Ellas oficiaban de fronteras al conocimiento en ese mundo tenebroso y brutal. Hasta el sonido se negaba a cruzarlas.
Había vivido agazapada, en las sombras, desarrollando un sexto sentido para adivinar el peligro. Había creido con miedo a algo que no sabía si, acaso, existía.
Desafió a su Dios inexistente y abrió los cortinados de par en par y un fulgor enceguecedor la obligó a cerrar los ojos, provocándole un dolor casi mortal por primera vez en su vida. Tuvo miedo y pensó en morir. Sospechó que ese acto de audacia la arrojaría lejos de ese paraíso personal.
Poco a poco fue acostumbrándose a la luz, a esa luz que le permitía ver cosas que jamás había imaginado. Que le permitía conocer lo que siempre había estado allí, pero que ella había sido incapaz de distinguir.
Muchos temores comenzaron a disiparse. Pero pronto surgirían nuevos. Ahora debería habituarse a la luz.
Sabía exactamente donde estaba situado cada objeto. Conocía de memoria todos los caminos por los que debía transitar sin chocarse con nada. Pero desconocía absolutamente qué era aquello con lo que podía atropellarse.Si bien adivinaba al tanteo su forma, ignoraba totalmente su contenido, su color, su utilidad.
Nunca supo qué Dios ignoto le prohibió la luz. Las cortinas habían sido su límite, la línea entre el bien y el mal. Ellas oficiaban de fronteras al conocimiento en ese mundo tenebroso y brutal. Hasta el sonido se negaba a cruzarlas.
Había vivido agazapada, en las sombras, desarrollando un sexto sentido para adivinar el peligro. Había creido con miedo a algo que no sabía si, acaso, existía.
Desafió a su Dios inexistente y abrió los cortinados de par en par y un fulgor enceguecedor la obligó a cerrar los ojos, provocándole un dolor casi mortal por primera vez en su vida. Tuvo miedo y pensó en morir. Sospechó que ese acto de audacia la arrojaría lejos de ese paraíso personal.
Poco a poco fue acostumbrándose a la luz, a esa luz que le permitía ver cosas que jamás había imaginado. Que le permitía conocer lo que siempre había estado allí, pero que ella había sido incapaz de distinguir.
Muchos temores comenzaron a disiparse. Pero pronto surgirían nuevos. Ahora debería habituarse a la luz.
La moneda
Brillaba con todo su esplendor. Como si el sol dibujado en su sello fuese el mismo que la iluminaba desde el cielo. Como si toda la energía cósmica que lo alimentaba estuviera concentrada en la palma de su mano.
Apretó el puño para sentir esa fuerza dentro suyo. Dudaba sobre lo que tenía que hacer. Había un designio marcado que se partía en dos. Dos caminos a seguir, dos rumbos desiguales cuyo final ignoraba.
Cerró los ojos. ¿Y si la conservaba? No le gustaba aferrarse aamuletos ni a supersticiones. Pero hay un momento en la vida en que debemos depositar la fe en algo más allá de nosotros mismos.
¿Cuál era el destino que se jugaba? Guardarla en un estuche implicaba hacerse su esclava, y esclavizarla a su vez. Pero también temía desprenderse de ella y que con ella se fuera toda la fuerza que estaba sintiendo.
Abrió el puño, y volvió a contemplarla. Dudaba, pero comenzaba a tomar una desición. Comprendía que la fuerza estaba en ella, en su interior, y que no perdería para nada, más allá de lo que hicierse.
Cerró la mano y la llevó a su corazón. apenas movió los labios, murmurando unas palabras secretas, ligadas a la libertad de ambas. Cumplió con una formalidad y la arrojó con todo su ser. Un deso, un salto en el agua. Ya estaba hecho.
Cada una rodaría por el mundo, cumpliendo su destino. Cada una tendría su libertad. El deseo, por fin, estaba cumplido.
Apretó el puño para sentir esa fuerza dentro suyo. Dudaba sobre lo que tenía que hacer. Había un designio marcado que se partía en dos. Dos caminos a seguir, dos rumbos desiguales cuyo final ignoraba.
Cerró los ojos. ¿Y si la conservaba? No le gustaba aferrarse aamuletos ni a supersticiones. Pero hay un momento en la vida en que debemos depositar la fe en algo más allá de nosotros mismos.
¿Cuál era el destino que se jugaba? Guardarla en un estuche implicaba hacerse su esclava, y esclavizarla a su vez. Pero también temía desprenderse de ella y que con ella se fuera toda la fuerza que estaba sintiendo.
Abrió el puño, y volvió a contemplarla. Dudaba, pero comenzaba a tomar una desición. Comprendía que la fuerza estaba en ella, en su interior, y que no perdería para nada, más allá de lo que hicierse.
Cerró la mano y la llevó a su corazón. apenas movió los labios, murmurando unas palabras secretas, ligadas a la libertad de ambas. Cumplió con una formalidad y la arrojó con todo su ser. Un deso, un salto en el agua. Ya estaba hecho.
Cada una rodaría por el mundo, cumpliendo su destino. Cada una tendría su libertad. El deseo, por fin, estaba cumplido.
viernes, 9 de julio de 2010
Sobre la soledad
Cosas raras que tiene la vida... Cuando más formas de comunicarnos tenemos, cuando mas cerca del otro lado del mundo parece que estamos, cuando podemos mantener conversaciones con personas que están en otros paises y seguir al instante sucesos de lugares remotos, es cuando más solos parece que estamos. Tenemos televisores, computadoras,celulares, redes sociales que nos convierten en amigos de personas que, si no existieran, jamás conoceríamos, sin embargo la soledad invade nuestras vidas de una forma implacable.
Los sábados por la noches, cientos de personas se manifiestan es sus perfiles buscando simplemente paliar esta desesperante soledad en la que vivimos. Gente que no está acostumbrada al cuerpo a cuerpo. Hombres y mujeres que en la relación cara a cara se cohiben, no se animan a la conversación y a enfrentarse al otro. Tal vez un exceso de auriculares, demasiados video juegos... tal vez demasiado miedo a salir a la calle y que la luz del sol ilumine sus rostros.
Mujeres que aun esperan al príncipe azul, aunque destiña. Hombres que buscan a la Barbie de carne y hueso. Y la imperfección de nuestras vidas que nos marca una odiosa frontera, porque nuestras fantasías no se corresponden con la realidad. Jóvenes a los que les enseñaron a crecer de golpe, a aparentar ser lo que no son, y olvidan de vivir la mejor etapa de sus vidas. Y otra vez el miedo a la soledad, sin saber qué hacer con ella. Todos quedamos atrapados en una línea difusa entre lo que queremos hacer, lo que la sociedad nos indica y lo que nos paraliza....
Usamos internet como medio de socialización, y es cuando más lejos estamos unos de otros. En la soledad de nuestras vida, creemos estar acompañados, mientras buscamos video en You tube para compartir esas emociones con los demás. Le contamos al mundo que estamos felices, tristes, deprimidos, enojados. Manifestamos nuestras ideas a traves de aplicaciones, pero no nos manifestamos nosotros frente a frente. Nos da miedo decir lo que sentimos al otro, nos aterra que se burle o juegue con nuestros sentimientos. Ignorando que, del otro lado, tambien existe el miedo...
Cuando uno sabe convivir con la soledad, aprovecharla, sentirla como una oportunidad de estar con nostros mismos, es un momento único para encontrarnos con nuestro propio yo, y animarnos a hacernos esas preguntas que son vitales para la vida. Aprender a estar solos, requiere de una audacia y de un coraje que es muy difícil lograr. Oir nuestra propia voz interna, que con tanta red social solemos acallar, es escucharnos a nosotros mismos, que en definitiva somos el único y real compañero que vamos a tener a lo largo de nuestra vida. Y aprender a comunicarnos con nosotros mismos es lo que nos va a permitir lograr comunicarnos con los demás y poder salir de la enorme soledad en la que estamos sumergidos.
Los sábados por la noches, cientos de personas se manifiestan es sus perfiles buscando simplemente paliar esta desesperante soledad en la que vivimos. Gente que no está acostumbrada al cuerpo a cuerpo. Hombres y mujeres que en la relación cara a cara se cohiben, no se animan a la conversación y a enfrentarse al otro. Tal vez un exceso de auriculares, demasiados video juegos... tal vez demasiado miedo a salir a la calle y que la luz del sol ilumine sus rostros.
Mujeres que aun esperan al príncipe azul, aunque destiña. Hombres que buscan a la Barbie de carne y hueso. Y la imperfección de nuestras vidas que nos marca una odiosa frontera, porque nuestras fantasías no se corresponden con la realidad. Jóvenes a los que les enseñaron a crecer de golpe, a aparentar ser lo que no son, y olvidan de vivir la mejor etapa de sus vidas. Y otra vez el miedo a la soledad, sin saber qué hacer con ella. Todos quedamos atrapados en una línea difusa entre lo que queremos hacer, lo que la sociedad nos indica y lo que nos paraliza....
Usamos internet como medio de socialización, y es cuando más lejos estamos unos de otros. En la soledad de nuestras vida, creemos estar acompañados, mientras buscamos video en You tube para compartir esas emociones con los demás. Le contamos al mundo que estamos felices, tristes, deprimidos, enojados. Manifestamos nuestras ideas a traves de aplicaciones, pero no nos manifestamos nosotros frente a frente. Nos da miedo decir lo que sentimos al otro, nos aterra que se burle o juegue con nuestros sentimientos. Ignorando que, del otro lado, tambien existe el miedo...
Cuando uno sabe convivir con la soledad, aprovecharla, sentirla como una oportunidad de estar con nostros mismos, es un momento único para encontrarnos con nuestro propio yo, y animarnos a hacernos esas preguntas que son vitales para la vida. Aprender a estar solos, requiere de una audacia y de un coraje que es muy difícil lograr. Oir nuestra propia voz interna, que con tanta red social solemos acallar, es escucharnos a nosotros mismos, que en definitiva somos el único y real compañero que vamos a tener a lo largo de nuestra vida. Y aprender a comunicarnos con nosotros mismos es lo que nos va a permitir lograr comunicarnos con los demás y poder salir de la enorme soledad en la que estamos sumergidos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)