jueves, 30 de junio de 2011

Ciento cuánto?

           Hace mucho frío y hay situaciones que a todos nos conmueven y, por supuesto, tratamos de hacer algo para cambiarla o para aportar nuestro pequeño granito de arena para vivir en un mundo mejor. Es el caso de los niños que hacen malabares o limpian vidrios o piden moneditas en las avenidas o calles principales de la ciudad. Cuando uno los vé, en lo primero que piensa es que esos nenes deberían estar en la escuela, preparándose para una vida mejor. O tal vez, como cualquier otro chico, merendando mientras mira algún programa infantil de la tarde, como hacíamos nosotros, como hacemos hoy con nuestros hijos.
           Una de mis contactos se solidarizó con un nene que estaba en la calle, haciendo algo en medio de los autos, para conseguir alguna moneda. Y, como cualquier persona que lo ha escuchado por la tele o lo ha leído en medios de comunicación o por este mismo espacio virtual, llamó al famoso 108 para ver qué se podía hacer con ese chico, dada la ola de frío que azota a nuestra ciudad. Le contestaron que el número no correspondía, que era un error y que debía llamar al 102 o al 103. Lo hizo. Y sólo recibió silencio...

          Qué pasa en esos casos en que una persona quiere ayudar a un menor que considera en riesgo? Primero, porque son varias las personas que han comentado que cuando se acercan al chico aparece un adulto que le quita el dinero, o si le dan comestibles, tambien se los queda y luego se los come esa persona mayor....¿Quién tiene la jurisdicción o la autoridad para evitar que ese niño, que debería estar protegido de abusos (no olvidemos que ese menor está "trabajando" para un adulto, ya sea su padre, madre, pariente o tutor) esté en el lugar que debería estar, es decir, la escuela o su casa?

            Y más allá de la circunstancia puntual del frío, yo misma he visto a muchos de esos chicos en pleno verano haciendo proezas en avenidas como Juan B. Justo, Champagnat y otras, con el riesgo de ser atropellados, secuestrados o abusados! ¿ Nadie de minoridad los ve? La a veces tan cuestionada asignación universal por hijo se entrega para que los chicos tengan un futuro mejor...Convengamos que los $220 que se entregan es una ayuda, si bien paúperrima...son $ 7.,33 por día para alimentarse, vestir, ir a la escuela o comprar remedios. ¿Que un chico esté en la calle, en medio de los vehículos, le asegura ese bienestar, esa educación y esa seguridad que tanto se pregona? ¿Quién es el responsable de esta situación?

Los números habilitados para estos servicios especiales de ayuda, ya sea por el frío o por otra razón, deberían estar abiertos las 24 horas del día. Y siempre deberían dar una respuesta al ciudadano que llama. ¿Cuál será el número de la solidaridad: 108, 102 o 103?

domingo, 26 de junio de 2011

¿El fútbol es la guerra?

            Por simpatía con mi equipo deportivo, del que me hice "hincha" sólo por contradecir a mi hermano, miré el famoso partido River Plate-Belgrano de Córdoba para mandarles energía positiva, y ver si entre todos evitábamos el descenso. Pensamiento positivo que le dicen!. El resultado no fue favorable, pero, lamentablemente, los mismos de siempre provocaron daños, corridas y la ya sabida "cultura de la violencia" que no es patrimonio sólo de este deporte.
            Los miembros de las barras bravas tienen cierto "privilegio" o poder para ingresar a la cancha y amenazar a los jugadores. Y la fiesta que se merecía Belgrano de Córdoba, se hechó a perder por estos personajes que rompen lo que encuentran, tiran piedras, lastiman a personas que van a alentar a su equipo y, lo más triste, es que ya no pueden llevar a sus hijos a ver los partidos.

            El espectáculo posterior al partido son más dignos de una película de guerra, que de la salida de un evento deportivo. DOS MIL DOSCIENTOS POLICÍAS que, en lugar de estar recorriendo las calles, cuidándonos a todos, deben agruparse y cuidar a los asistentes de estos miembros deleznables de la hinchada. No son todos, creo que tal vez son menos de los que pensamos, pero esos pocos provocan tal desorden, que se necesitan varias ambulancias (siete contabilicé por televisión) que tal vez no están disponibles para asistir a una urgencia. Carros hidrantes, caballería, móviles que son hechos trizas, (costos que pagamos TODOS)...como si fuera una guerra...

          La violencia fue ganando poco a poco un lugar importante en todas nuestras manifestaciones. Pero no somos todos, algunos solamente queremos disfrutar de un simple partido de fútbol...tal vez soportar alguna cargada. Me pregunto si nuestro país entrara en un conflicto bélico de importancia ¿qué harían todos estos violentos, ¿serían capaces de salir a pelear por la patria, como lo hacen por un equipo deportivo?

viernes, 24 de junio de 2011

¿Educar con el ejemplo?

            Miro la televisión. En realidad, el aparato está encendido a modo de compañía, y si alguna noticia me interesa, le presto más atención. Y con una sucede eso. En Capital Federal se están preparando para una marcha de docentes santacruceños que reclaman un porcentaje mayor de aumento que el otorgado en un "acuerdo". Mientras inician la marcha, y observo que los que van a la vanguardia, todos tienen pañuelos alrededor de su cara y, discretamente, se notan palos a sus costados.
           Tal como imaginé, al llegar al vallado que rodea la casa de gobierno, comienzan una serie de incidentes. Algunas de estas personas que se tapan la cara, golpean las vallas, otras toman adoquines de las veredas y los arrojan a los policías apostados detras del vallado. La periodista, que va relatando los hechos en directo, los nombra "docentes". Supuestamente, cada uno de estas personas que tira con violencia una piedra, que amenaza con un palo, son maestros santacruceños que sólo quieren presentar un petitorio en la Casa Rosada.

           Comprendo el cansancio y la exasperación que puede sentir una persona que trabaja y el sueldo a fin de mes no le alcanza. Entiendo que, a veces, esa situación no nos deja ver otras cosas, y tambien comprendo que parece que la práctica violenta para reclamar cualquier cosa, se ha vuelto una lamentable costumbre.
 
           Pero me pregunto ¿qué sentiría si esa señora, a la queveo tirar un trozo de cemento al suelo con toda su fuerza para partirlo y arrojarlo a los miembros de la policía federal (empleados del gobierno, igual que ella) fuera la maestra de mi hijo? ¿A ella le gustaría saber que al suyo le enseña un "docente" que se tapa la cara con una remera y alienta y dirije al resto para que muestren y hagan uso de sus palos?

          Repito, comprendo la situación, lo que no comprendo y no acepto es este contínuo uso de la violencia, que ya vemos en eventos deportivos en donde se amenaza a los jugadores, se arrojan piedras, etc, etc, una violencia que muchas veces se extiende a la salida de los boliches, a veces en las mismas escuelas, y en la vida cotidiana. Maestros, ustedes tienen el arma para un futuro mejor, enséñenle a nuestros chicos, y practiquen con el ejemplo!

domingo, 12 de junio de 2011

Los chicos del super

            Por razones de comodidad y cercanía realizo mis compras habituales en la sucursal de un supermercado local cercana al HIGA Doctor Oscar Alende. Normalmente siempre andan niños que solicitan "una moneda" a cambio de "mirar el coche", de ayudar con las bolsas, o simplemente a cambio de nada. Cualquier persona puede aceptar esa ayuda o rechazarla, y habrá quien se sienta incómodo con la presencia de esos chicos, ya que "se supone" dentro del estacionamiento de un supermercado no sería necesaria la presencia de estos "mini-franelitas". Y aclaro que es la única sucursal de este y cualquier otro comercio en la que he visto que sucede esto.
            Sin embargo, este fin de semana, al concurrir a realizar mis compras semanales no estaban estos chicos. Habían muchachos bien grandes. Hablando groseramente, escupiendo, empujándose y uno particularmente, dando órdenes a otros para que fueran a "ayudar" a los coches que estaban estacionados fuera del comercio. Y mientras esperaba el remise que viniera a buscarme, noté que había otras personas a quienes la presencia de estos muchachos tambien molestaba. Porque, si bien el estacionamiento del supermercado es privado, como en otros lugares similares existe un cartel que informa que "no se hacen responsables por daños, robos o perdidas" que afecten a los vehículos.
Es decir, que si alguien no aceptaba el "ofrecimiento", podrían tranquilamente dañar un vehículo y nadie se haría cargo de ello? Al comentar con un empleado de este comercio la situación, la respuesta fue que ya habían llamado a la policía, que se los llevaron y que luego los muchachos volvieron. Y que no hacían nada más porque temían que luego les rompieran las vidrieras a pedradas.

          Me quedé pensando entonces si comenzaremos a vivir en una etapa en donde todos viviremos temerosos y permitiremos que nuestras casas o comercios sean invadidos por estas personas que generan más dudas que confianza. O, como escuché hace unos días, en donde "barritas" asaltan a los comercios si no les pagan por "protección". Es decir, les roban "por las buenas o por las malas". En definitiva, los comerciantes y ciudadanos nos vemos obligados a vivir "presos" y a ser "extorsionados" por estos muchachones que, de una forma prepotente, imponen "sus servicios" y si no los aceptamos, debemos atenernos a las consecuencias (violentas) de nuestro rechazo.

miércoles, 1 de junio de 2011

¿Seremos leyenda?

           Por esas cosas que una no sabe, la fiebre nos trae a la memoria pequeños retazos de nuestra historia ( la real y la otra, la que vemos por la tele) y la asocia. Y al conversar en el desayuno con mi madre, recordé a Marcelo, el repartidor de fiambres que me crucé en Otamendi hace unos días, y a quien le pregunté por Mirtha, una cliente en común: "No, no voy más. En enero me asaltaron y no voy a dejar la vida por veinte pesos". Luego me comentó sobre unos vecinos de esa comerciante, que usurpaban una vivienda y no eran de buen vivir, como los causantes de su decisión. Pero no solamente Marcelo había dejado de llevarle mercadería. " El repatidor de gaseosas, el cigarrero, XX distribudores ya no quieren parar en el negocio, cansados de los asaltos y con temor a que un día pase algo peor que un robo".  
            Me quedé pensando en Mirtha, una mujer grande, que ya ha perdido muchas otras cosas más en la vida. Me la imaginé buscando ella todo lo que necesita para proveer su comercio, yendo y viniendo, ante la negativa de algunas empresas de continuar vendiéndole por cuestiones de seguridad. Y, lamentablemente, me la imaginé cerrando su negocio por cansancio, perdiendo años de trabajo, esfuerzo y sacrificio.

          Mirtha es sólo un ejemplo. Hay sectores de Mar del Plata en que varias empresas no realizan repartos por razones de seguridad. Y a los comerciantes no les queda otra solución más que salir a recorrer mayoristas, con la imposibilidad de conseguir buenos precios y la consecuencia de vender más caro los productos. Y muchos son los comercios que día a día, bajan sus persianas ante la delincuencia, y la falta de seguridad. Todo un proyecto de vida se derrumba y hay que salir a buscar soluciones para seguir viviendo.

            Nosotros mismos vamos, día a día, corriendo los límites de un cerco imaginario, cada vez más pequeño. Ponemos rejas, alarmas, perros, sensores (ahora tambien hasta en el techo) cambiamos rutinas y evitamos salir a partir de ciertas horas, porque preferimos evitar los problemas (aunque encerrarnos en nuestros domicilios tampoco sea un aval de de que nuestra seguridad esté garantizada)
Y la fiebre me lleva a la película "Soy leyenda", en donde el protagonista para evitar ser asesinado por los seres montruosos que habitan la tierra, debe protegerse con postigos de metal, eliminar cualquier huella que lleve a estas bestias a su hogar, y esconcerse antes de que el sol se ponga. No sé por qué tuve la sensación de que esa película no era tan ficiticia ni tan lejana ni tan fantaseosa. Tal vez los monstruos no se hayan generado a partir de una vacuna o un virus. No al menos un virus médico. Un virus cultural, emocional y de valores que se han perdido y que a veces parece que pocos buscan rescatar. Ojalá no seamos leyenda.